
Musician · Digital Artist · Writer
Ernesto Cisneros Cino
Adelantos
Manual para incendiar un piano
I. Antes del fuego
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No piensas en la música, piensas en la imagen. Viste una película donde un piano ardía mientras sonaba la Danza del Fuego. Esa imagen se quedó en ti, más poderosa que las clases, más clara que las palabras de tu maestro.Tienes once años. Un niño no entiende todavía qué significa profanar un instrumento, pero tú entiendes que algo va a nacer del incendio.
II. El acto
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Bajas al garaje. El piano está ahí, solemne y callado, un monstruo de madera esperando. Las latas de gasolina también esperan, ese maravilloso error ajeno.Derramas el líquido entre las teclas, los martillos, los secretos del mecanismo. Cierras la tapa.El fósforo enciende y no hay vuelta atrás.Ahora tocas. Sí, tocas mientras el fuego se abre paso por dentro. La Danza del Fuego suena como nunca. Cada nota es un chasquido, cada arpegio un crujido. No eres un niño: eres un incendiario que ha descubierto que la música puede arder.
III. Durante
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El humo se levanta, la madera se retuerce. El piano gime en sonidos que no estaban en la partitura. Afuera los vecinos ya se agitan, pero tú sigues, tú no paras.Es tu primera gran revelación: el arte y la destrucción pueden ser la misma cosa.
IV. Después
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El agua cae a cubos, el fuego se sofoca, queda el esqueleto ennegrecido del piano. Tus abuelos te miran con espanto, pero no con odio. Nadie te golpea. Nadie te insulta. Te llevan al psicólogo, como si quisieran apagar también ese fuego en ti.Pero ya es tarde. Lo que descubriste no se apaga nunca.
V. Cenizas
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Tú no lo sabes aún, pero ese incendio será tu primera obra.El poder no estaba en el piano, estaba en ti: en atreverte a tocar mientras todo se quemaba.Y desde entonces, cada vez que interpretas, una parte de ti recuerda el humo, las llamas, el sonido distorsionado que fue tu verdadera iniciación.El fuego pasó, pero nunca se apagó.
El mago del circo
Hubo una vez, en un pueblo olvidado, un circo que llegó sin anunciarse. No traía elefantes ni trompetas, solo un hombre flaco con sombrero oscuro y unas pocas maletas. Nadie supo nunca de dónde salió; unos decían que del desierto, otros que del mar. Yo, en silencio, sospechaba que venía del mismo infierno.
Al principio fue solo espectáculo: humo, espejos, conejos que aparecían de la nada, palabras que parecían tener poder propio. El pueblo, abrumado por sus pequeñas miserias cotidianas, miraba todo aquello como quien encuentra una grieta de luz en un cuarto cerrado. Era más fácil dejarse engañar que enfrentar la verdad.
El mago pronto descubrió que no recibía solo aplausos: recibía devoción. Y una noche, fingiendo modestia, dijo:
—No puedo negarme al llamado de la gente. Si me quieren como guía, lo seré.
Así, el circo dejó de ser entretenimiento y se volvió gobierno. La carpa ocupó el centro de la vida, y cada día hubo función. Quien no aplaudía era señalado como enemigo. Se normalizó llamar "gusanos" a los que se marchaban. Casi nadie notó que entre ellos se iban también doctores, banqueros, maestros, soñadores.
El mago repetía:
—No los queremos, no los necesitamos.
Y el eco de la multitud lo confirmaba.
Entonces comenzó la lista. Nadie supo nunca si era ley, consejo o capricho, pero todos la obedecían como si fuera mandato divino:
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Cree lo que dicen los altavoces, aunque tus ojos vean lo contrario.
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Aplaude siempre, porque el silencio es sospechoso.
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Si falta pan, agradece la resistencia.
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Sospecha de tu vecino: la desconfianza es lealtad.
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Hay enemigos... están afuera. Afuera todos son enemigos.
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Ama más a la patria que a tu propio estómago.
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Espera el mañana, porque el mañana siempre será mejor.
El circo, que había nacido como diversión, se transformó en templo. Los trucos ya no sorprendían, pero mantenían a todos dentro de la carpa. Aunque muchos sabían que eran engaños, preferían callar: era más seguro seguir el juego que quedar fuera, en el frío.
Con el tiempo, el mago olvidó incluso el arte de la prestidigitación. Ya no necesitaba conejos ni palomas: su verdadera magia era haber convencido a todo un pueblo de que vivir dentro del circo era la única vida posible.
Década tras década, la carpa se fue deshilachando. Las luces no se apagaron del todo: quedaron parpadeantes, como ojos cansados que se resisten a cerrar. El suelo, antes polvoriento, se volvió fango de humedad rancia. Los basureros, siempre desbordados, daban al aire un hedor de feria podrida. La escasez se volvió violencia muda: la gente se disputaba las sobras como fieras hambrientas, con sonrisas forzadas mientras se arrancaban los dientes en silencio.
En los pocos periódicos del mago todo iba bien. La sonrisa del noticiero contrastaba con las miradas tristes en las paradas abarrotadas, donde cientos esperaban un bus que nunca llegaba. La radio anunciaba los apagones como si fueran parte natural del clima. Y sí, le era permitido al pueblo quejarse de las lluvias, pero no de la tormenta que venía del propio circo.
Y, sin embargo, el mago seguía allí, con la sonrisa pintada, repitiendo los mismos trucos de siempre. Lo más inquietante era que todavía había aplausos. Algunos sinceros, otros fingidos. Y los más lúcidos, aprendiendo a mirar entre el humo, comprendían al fin que el truco ya no era ilusión, sino costumbre.
Desperté de golpe. ¡Vaya pesadilla! Buscando la luz del sol, aún atolondrado por la resaca del recuerdo, me asomé a la ventana y allí estaba, en el edificio gris de enfrente, un cartel sombrío, descolorido y enorme:
¡VENCEREMOS!